Nadie quiere ser Leo Ramos

18 Jul, 2020
leo ramos leon
ESPN

Imaginate uno de los peores escenarios para tu carrera futbolística.

Comienza desde el inicio. Imagina que llevas una carrera en franco ascenso. Has superado cada reto que te has impuesto. A base de empeño y esfuerzo saliste de las categorías inferiores de Argentina, triunfaste en Chile, te fuiste a Grecia, la volviste a romper en Argentina, te fuiste a Japón, llegaste a México y te devoraste el ascenso, y subiste de categoría y te devoraste también la Liga MX.

Estás en el mejor punto de tu carrera. Tienes 29 años, todos los clubes de México preguntan por ti, y hasta te puedes dar el lujo de elegir. Así que no lo dudas mucho, y apuntas al club que mejor juega al fútbol en todo el país. Llegas al Club León y todo parece mejorar.

Pero entonces algo sale mal. Una lesión y un chico de 19 años te mantienen en la banca en tu primera temporada, y cuando el chico se va y parece que vas a ser el titular indiscutible, aparece una pandemia catastrófica que termina la temporada anticipadamente.

Así que estás en León, pero hay algo que no está bien. De pronto, en medio de la pausa del fútbol mundial, comienzan a surgir rumores de tu partida. Se habla de que podrías salir del equipo, y hasta se nombra como destino a la MLS.

Entre tanto has vuelto a entrenar con el equipo, pero además de tu salida comienzan a aparecer rumores de que llegará un nuevo delantero, prácticamente tu remplazo, mientras tú aún sigues aquí.

Entonces se juega un torneo amistoso. Es la final, y estás en la banca. Tu futuro es una incógnita, pero estás ahí, como todo un profesional, dispuesto a dejarlo todo por tu equipo actual. Tu club gana por 1 – 0, juegan casi de memoria, y tú entras al 62'. Siete minutos después, al 69', el partido se empata, y por si fuera poco, aprovechan la siguiente pausa para anunciar al nuevo refuerzo, el delantero que llega para ocupar tu mismo puesto, y cuyo nombre aparece montado en todo un edificio.

Debes jugar el resto del partido sabiendo que tu nuevo compañero (y competencia) está en el palco, al lado del presidente, viendo como a tu equipo le dan la vuelta.

Ese es el escenario en el que al 95' te toca patear un penal que significaría el empate, alargar el encuentro, y quizás levantar el título. Aceptas la misión. Debes demostrar que no te achicas ante nadie. Pero al mismo tiempo está la zozobra. El flamante nuevo refuerzo y el presidente te están viendo, y tú debes anotar a como dé lugar.

Vas a la segura. Potente y al centro. Funciona nueve de cada diez veces. Pero esta fue la décima. Tu disparo va a las manos del arquero rival y parece que todo se desmorona. No alcanzas a pensar en las consecuencias de esa falla porque el rebote te cae en los pies. Entonces descargas toda tu furia en un último balonazo y consigues el empate.

Ahora viene la tanda por el título. Te toca volver a patear, y no quieres volver a fallar. Tomas una decisión más arriesgada. Apuntas a la esquina superior izquierda. Una mala ejecución podría acabar con el balón en las gradas, pero te recuerdas que eres el mismo que ha superado todos los retos que la vida te ha puesto, y tomas confianza. 

Disparas, el tiro va con buena dirección, pero el portero ha adivinado y mete su mano inoportuna. Gracias a Dios, pusiste buena potencia en el disparo, que de todos modos acaba en la red.

De cualquier modo, tu equipo pierde el partido, y pierde el campeonato. Eso sí, no ha sido tu culpa, y tienes la conciencia tranquila. En la conferencia posterior, el técnico confirma que te están buscando acomodo, así que todo apunta a que tu partida está cerca.

Así terminó la noche de Leonardo Ramos, una noche incómoda e inmerecida, y que seguramente nadie quisiera haber vivido.

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