La nube rojinegra de la mala suerte

01 Sep, 2020
leon atlas 2020
Liga MX

El Atlas debió llegar a la ciudad de León con la motivación por los cielos. Acababan de ganar su primer partido de la temporada de la mano de Diego Cocca, y por primera vez en mucho tiempo, era válido volver a soñar. El discurso del nuevo técnico, más motivacional que estratégico, debe haber servido para levantar el ánimo de un grupo de futbolistas golpeado por tres años de fracasos y derrotas.

Finalmente, luego de seis jornadas, encontraron tres puntos que les supieron a gloria, aunque la siguiente prueba sería ante el León, un enemigo de altura, con un proyecto completamente diferente, con dos años de maduración e incontables éxitos.

Podemos imaginar las charlas motivacionales de Cocca durante la semana: “Vamos muchachos, que esto es once contra once. Nadie espera nada de nosotros y eso mismo es lo que nos dará la victoria. Vamos a correr hasta que nos revienten las piernas, y a darle, que esto también se gana con huevos”; o algo por el estilo.

Los chicos rojinegros debieron subir al camión con el espíritu inflamado, con la esperanza de romper los pronósticos, engañar al destino, y arrancarle al poderoso Club León una victoria que les llenara los pulmones de vida y orgullo.

Pero cuando su transporte cruzó la frontera entre Jalisco y Guanajuato, de inmediato una nube de infortunio y desolación se posó sobre ellos.

Por la tarde, antes del partido, llegó el primer golpe. Un hombre accedió a sus cuartos de hotel y robó su dinero y pertenencias. La delincuencia, que se ha convertido en la realidad cotidiana de los mexicanos, pero más de los guanajuatenses, ahora eligió al histórico cuadro rojinegro para hacerlo su víctima.

Sin duda, se trata de un fuerte golpe a la moral. Te deja intranquilo, nervioso, en el peor estado para enfrentar un partido de futbol profesional. Pero había que jugar, y por lo menos se podría vaciar todo ese coraje dentro de la cancha.

“Vamos muchachos, que en la cancha se olvida todo. No hay que agachar la cabeza que esto es futbol y en el césped somos todos iguales. Hay que sacarse la espina en el campo y demostrar que no somos escalón de nadie”, pudo haber dicho Cocca, sin terminar de creer él mismo en sus palabras.

Entonces saltaron al campo. Había furia rojinegra en su corazón y en sus pies. Salieron sin miedo, valientes, obstinados en pensar que nada más podía salir mal. Y el destino les dio esperanzas, con un primer gol de ventaja que los ponía cerca del objetivo. Quizás podrían ganar su segundo partido consecutivo. Quizás se quitarían la malaria e intercambiarían sus pertenencias materiales por el orgullo de ganar los tres puntos.

Pero pronto el sueño se desvaneció. Solo se necesitaron dos pinceladas de talento, y de nuevo la mala suerte se tragó a la Academia.

Todavía al final del primer tiempo, el chico Edgar Zaldivar se tronó la rodilla en un salto, y el alma del Atlas se resquebrajó entre los gritos de dolor y el llanto de su compañero caído.

Y por si fuera poco, en el segundo tiempo, Edyairth Ortega, el hombre que había entrado para sustituir a Zaldívar, llegó tarde en dos jugadas, y salió expulsado por doble amarilla. Seguramente ahí se acabaron los discursos, y ya solo se pedía que los segundos pasaran más rápido para terminar con la agonía.

Ahora el Atlas vuelve a casa, sin pertenencias, sin puntos,  con dos jugadores menos, y con el líder Cruz Azul en su horizonte; pero más que eso, vuelven con la duda de si la nube negra se quedará en el Bajío, o si peor aún, los espera de regreso en Jalisco.

Así fue la travesía del Atlas en León, mientras nosotros solo aprovechamos para quedarnos con los tres puntos.

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