La leyenda de don Antonio Battaglia

20 Aug, 2019
antonio battaglia
Familia Battaglia

Cuenta la leyenda que en el principio de los tiempos, cuando el futbol era foot-ball y los balones eran de cuero, existió un hombre inmortal, un gaucho de cepa, amante del tango y la vida, y que por su porte, su lealtad y su elegancia se ganó el sobrenombre de “El Caballero de las Canchas”.

Dice el mito que habitó la tierra brava de León, que se ganó a su gente y su cariño, que se instaló en el pueblo que amó y que ya nunca se fue.

Todavía hoy se le recuerda, y los cerros del Bajío se cimbran cuando el nombre de don Antonio Battaglia se pronuncia en vano en algún campo de futbol.

“Él le tuvo un cariño muy grande a León, Guanajuato, se sentía parte integral de la ciudad, llegó a los 25 años y murió a los 93, vivió mucho más aquí que en Buenos Aires”, asegura Fernando Battaglia, uno de sus hijos, el único que jugó al futbol y que debutó en primera división con el León, y que hoy recuerda la figura de su padre en el marco del 75 aniversario del Club León.

“Todo inicia con mi abuelo, que llega de pequeño a Argentina desde Italia, y se establece con su familia en un barrio que se llama la Floresta. De ahí, el equipo más cercano es Velez Sarsfield, entonces mi abuelo y la familia, todos los Battaglia y los D'Ascoli, se hacen hinchas de Vélez Sarsfield”.

Así, el primer amor de Antonio Battaglia lo había dictado el destino desde que su familia desempacó las maletas en la Floresta y él comenzó a patear un balón.

“Mi papá empezó desde niño a jugar, y fue gradualmente ascendiendo sus etapas por edad, y antes de llegar a la primera división, lo vieron y lo seleccionaron para jugar con la selección argentina juvenil, e hizo un muy buen torneo, el Panamericano en Dallas, Texas en 1937, y regresando lo debutan en primera a los 17 años”.

Esa selección argentina la formó la AFA exclusivamente con jugadores amateurs, pues era la primera edición de lo que después serían los Juegos Panamericanos actuales. En el triangular, donde enfrentaron a equipos representantes de los Estados Unidos y Canadá, terminaron como indiscutibles campeones, tras avasallar a los estadounidenses por 9 – 1, y a los canadienses por 8 – 1. Tras esta notable actuación del combinado juvenil argentino, Battaglia se hace un nombre, y debuta en primera división con su amado Vélez.

“Jugó muy bien la temporada 1937-38, la 1938-39, y en la 1939-40 termina y José Amalfitani, el presidente de Vélez, lo vende a Boca. Él no quería irse, él quería quedarse en Vélez Sarsfield. En aquel tiempo, Amalfitani le decía: 'Con lo que te vendo, resuelvo todos mis problemas económicos y tú en Boca vas a cobrar'. Entonces mi papá se va a Boca, y desgraciadamente cuando empieza a entrenar la pretemporada se lastima la rodilla, y en aquel tiempo una lesión de la rodilla era impredecible si podías volver a jugar o no”

Con apenas veinte años y su carrera en juego, acude al quirófano en busca de rescatar su pierna.

“Él me decía que había un doctor muy famoso en aquel tiempo que se llamaba Schiaffino que lo operó. Decía mi papá que le dolía mucho la rodilla, se le infectó, y la cuestión es que no sé como le salvó la pierna, y cuando se empieza a recuperar Boca lo presta con opción a compra al Atlanta de Villa Crespo”.

Con los “Bohemios” de Atlanta vuelve a tomar ritmo de juego y vuelve a ser el central impasable que había destacado en el “Fortín”.

Mientras, en México, José Manuel Noguera, otro argentino que había jugado con Battaglia en Vélez y que ahora defendía la playera del Atlante, comenzaba una incipiente carrera como promotor, debido a que recomendaba buenos jugadores para las escuadras mexicanas. Y cuando le preguntan por un central de garantías, sabía exactamente a quien acudir.

“En ese momento, desde que pasa a Atlanta, empieza a mandar cartas José Manuel Noguera. Noguera era muy reconocido a nivel futbol y le pedían recomendaciones de futbolistas, así que Noguera le empezó a mandar cartas a mi abuelo para invitar a mi papá a jugar en México, pero mi abuelo no quería que mi papá se viniera para acá y guardaba las cartas”.

Así, mientras Antonio destaca con Atlanta, Noguera lo pide para México, pero su padre impide su partida hasta que no puede soportar la presión.

“Entonces mi papá termina la primera temporada en Atlanta y empieza la segunda, y le llegan cartas a su compañero en la central, un tal Martín, que le dice: 'Mira, me mandó cartas Noguera', y mi papá dice: 'Bueno, si Noguera jugó conmigo, ¿por qué no me manda cartas a mí?'. Llega mi papá con mi abuelo y le dice: '¿Por qué Noguera no me manda a hablar para México?', y en eso mi abuelo se pone nervioso y le muestra que tenía 20 cartas de Noguera que le habían llegado en dos años”.

Para Fernando Battaglia, esa demora es una prueba de que el destino acomodó a su padre en León.

“Pero todo tiene una razón de ser, porque si a él le hubiera llegado desde la primera carta, no hubiera llegado a León, porque Noguera acomodaba muchos jugadores, a cada temporada acomodaba a cuatro en México, cuatro en Guadalajara, él jugaba en el Atlante, pero todavía retirado, como era una persona muy recta y que aparte tenía el don de recomendar buenos jugadores, se ganó fama como “promotor”, aunque no se ganaba ni un peso, y sí mi papá hubiera venido a la primera carta, seguramente no hubiera llegado a León, y hubiera jugado en otro equipo”.

De cualquier modo, don Antonio sabía que su futuro estaba en el norte del continente, así que convenció a su padre de dejarlo partir, hizo las maletas, y se embarcó rumbo a un León, Guanajuato desconocido, con un equipo que recién comenzaba a formarse.

“Cuando mi abuelo le muestra las carta a mi papá, mi papá se pone a llorar y le dice: 'Oye viejo, es que en Atlanta pues nada, necesito ir a México para ganar una plata y poderte comprar una casa'. Entonces en ese momento Noguera agarra a todos los de Vélez, aunque mi papá estaba en Atlanta, pero agarra a Marcos Aurelio, Miguel Rugilo y Ángel Fernández, todos de Vélez, e inclusive el “Ché” Fernández venía retirado, tenía como 34 años cuando vino y tenía un año retirado, pero mi abuelo le dijo a mi papá: 'Fernández la va a romper, porque es rápido a pesar de su edad'”.

Así, arriba a México, pero se encuentra con una realidad completamente diferente a la que estaba acostumbrado.

“Mi papá cuando llegó a León, no había ninguna calle pavimentada, y ya Buenos Aires era una urbe, ya había metro en Argentina. Cuando él llegó aquí, León era un pueblito, no había nada, y él estaba consciente de eso. Al principio sí se sintió raro, pero pasan los días y se da cuenta de que la gente los acoge muy bien, y cuando empezó a jugar se fue adaptando. Además le costó porque se vino solo, y los otros tres venían casados, y también le costó el estar solo”.

La vida quiso que Antonio Battaglia, argentino con raíces italianas, recalara en la “Capital del Calzado”, algo que le vino bien a un tipo cuya familia se había dedicado a la fabricación de zapatos desde antes de emigrar del Mediterraneo.

“Se da la combinación de que mi familia, tanto mi abuelo como los demás, desde Italia eran zapateros, y siguieron siendo zapateros en Argentina, y hasta la fecha tengo un tío zapatero, y eran piquitas, mi abuelo y mis tíos abuelos hacían zapato y lo vendían. Entonces mi papá llega aquí y él fue el único que tuvo un trabajo adicional al futbol. Mi papá cuando llegó dijo: 'Yo necesito hacer plata', y se empezó a contactar con los que vendían pieles y empezó a vender pieles'”.

En su plan de vida, su intención no era quedarse a vivir en México ni mucho menos, pero una fuerza misteriosa y voraz lo dominó, algo tan enigmático e intrínseco como cotidiano y familiar: se enamoró.

“Él hizo un contrato por dos años, y su plan era hacer dinero el primer año, irse a Argentina terminando el campeonato, comprarle la casa a su papá, regresar a León un año más y ya, conseguir algo en Argentina, pero la cuestión es que el destino cambia cuando mi mamá le echó el ojo, mi papá también se enamoró, y bueno pues ya se quedó aquí”.

Tras casarse, se establece definitivamente en León, y se trae a sus padres a México. Entonces comenzó su leyenda como el “Caballero de las Canchas”, al convertirse en el bastión y el líder moral de un Club León que arrasaría con el futbol mexicano en la siguiente década.

“Mi papá se viene para León y se da la combinación de los cuatro muy buenos extranjeros con la base mexicana que era muy buena, con Varela, Montemayor, Conrado Muñiz, el “Dumbo” López. Entonces eran cuatro extranjeros y siete muy buenos mexicanos, además de los de la banca. Esa década, del 1944 a 1955, fue la década del León, se aventaron cuatro campeonatos y les robaron contra el Atlante el de la fiebre aftosa, y otro que León necesitaba empatar frente a Veracruz y le quitaba el único título que tiene el Atlas, y León estaba empatando pero en el último minuto perdió y por un punto quedó campeón el Atlas. Entonces estamos hablando de dos campeonatos más que se les fueron”.

Los éxitos del León y de Battaglia los catapultaron. Don Antonio fundó la fábrica de calzado “Blasito”, llamada así en honor a su padre, que se llamaba Blas, y tras conseguir su tercer título con la Fiera en la temporada 1951-52, decide que es hora de comenzar con el resto de su vida, por lo que se plantea el retiro.

“El último contrato que firmó fue por tres años con León, él pidió un crédito para crecer con la fábrica, y cuando él termina, le ofrecen un año más, y ya no quiso. Se retiró jugando en el Panamericano de Chile 1952, y regresando se retira. Ya estaba nacionalizado mexicano, tenía a mis primeros tres hermanos, y se queda en eso. Nunca le interesó ser entrenador o algo así. Siguió ligado al club, pero no en un puesto directivo fijo, sino como asesor”.

En ese Campeonato Panamericano de Futbol de Chile 1952, el León fue la base de la selección mexicana, pues aportó no solo a siete futbolistas (Battaglia, Carbajal, Montemayor, Varela, Bravo, Molina y Luna), sino también al cuerpo técnico de Antonio López Herranz.

Ese torneo marcó el final de la carrera del ídolo de la Floresta, un tipo de honor y palabra que le debe parte de su leyenda a otro crack, el mítico Luis “Pirata” Fuente, el primer futbolista mexicano que emigró a Europa y Sudamérica, donde compartió vestidor con Battaglia en Vélez Sarsfield, y a quien consideraba uno de los más grandes rivales que alguna vez tuvo que enfrentar.

“Mi papá siempre fue frontal y honesto, y la palabra de “Caballero de las Canchas” era porque el era un defensa central de marca férrea pero nunca de mala leche, y eso a mí me lo dijo el hijo del “Pirata” Fuentes, y me dijo también que su papá le dijo que para él Battaglia era el mejor central que había venido a México, porque siempre fue un señorón dentro de la cancha, era un tipo que te quitaba la pelota y se barría sin tocarte, y por eso era el 'Caballero de las Canchas'”.

Otra muestra de su temple se dio en 1948, cuando el León enfrentó en amistoso al Independiente de Avellaneda, un equipo con el que guardaba una afrenta personal desde su tiempo en Vélez Sarsfield, y de quienes se vengaría con un gesto inigualable.

“Independiente se vendió para el descenso de Vélez Sarsfield, y los hinchas se dieron cuenta, fue “vox populi“, todo mundo supo que Independiente se vendió. Entonces mi papá cuando viene, toca que va a jugar el León contra Independiente en la Ciudad de México. Y ese partido, se pusieron de acuerdo Alfredo Costa, Marcos Aurelio, y mi papá, y se pusieron la camiseta de Vélez Sarsfield abajo, y cuando terminaron, se quitaron la camiseta porque habían ganado 4 – 0. No es mito ni leyenda, porque sí pasó, fue realidad”.

Detalles como ese hacen de Antonio Battaglia uno de los pilares fundamentales de la historia esmeralda. El equipo, sin su gran líder, no hubiera sido lo que es hoy, así como él no hubiera sido la misma persona si su vida no se hubiera cruzado con el esmeralda.

“El legado que dejó para todos los leoneses, y para la familia nuestra y la familia de allá de Argentina, es como un ser humano como mi papá, desde Argentina, de un barrio humilde como la Floresta, creció, llegó a jugar en la selección argentina, en Vélez Sarsfield, tuvo el desván ese de Boca, en Atlanta se recupera, viene aquí y triunfa, y aparte lo nacionalizaron, que fue el primer argentino seleccionado mexicano. Fue una persona que se dedicó a generar mucho empleo, y como patrón no conozco a nadie que hable mal de él. Yo me acuerdo de chiquito cuando me llevaba a aprender el oficio de zapatero, y lo veía que se metía y platicaba y llamaba a todos por su nombre”.

Don Antonio Battaglia dejó este mundo el 29 de octubre de 2011, hace ya casi ocho años, pero su legado continúa, y sus palabras resuenan en el imaginario de todo el pueblo verdiblanco, todos los que saben que “vestir la camiseta esmeralda, es vestir el cielo en el pecho”.

“Lo de la camiseta del aniversario, que hayan escogido la leyenda que mi papá dijo, pues que más quisiera. ¿Cuántos jugadores no han pasado por el León? ¿Y cuantas cosas no han dicho del León? Y esa frase dicha por mi papá, que se la hayan plasmado en la camiseta, pues ¿qué más puedes pedir? (…) No sé de donde se sacó esa frase mi papá, porque fue algo muy especial. Creo que se la dijo en una entrevista a Vivero de Alba”.

Así termina la historia de don Antonio Battaglia, el “Caballero de las Canchas” que le entregó su vida a un equipo y a una ciudad que no eran las suyas, pero a los que adoptó con tanta pasión y entereza que terminaron por convertirlo en leyenda.

“El León era más importante, inclusive que Vélez Sarsfield, porque mi papá nació con el Club León. Cuando él llegó aquí al Club León, en esa temporada se llamó León, le quitaron el Unión-León, entonces él fue parte del inicio de esa historia, estamos hablando de 1944 a la fecha, hace 75 años, entonces eso lo marcó tremendamente, y ver como él conoció a mi mamá y que todos sus hijos hayan nacido aquí, y ver a la ciudad, de ser una ciudad muy chiquita, como se fue desarrollando y creciendo, pues eso lo marcó, León fue para él su máximo”.

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