El debut en Concachampions fue una noche mágica

19 Feb, 2020
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Especial

Fue la noche del pasado nueve de diciembre, cuando la mano de Christian “Chaco” Giménez cambió el destino de miles de leoneses. Ese día, el azar o la fortuna actuaron a través de la figura del exdelantero del Cruz Azul, que sacó esfera tras esfera de un bombo de cristal, pero que dejó dos últimos nombres hasta el fondo del recipiente.

Antes de que terminara el protocolo, ya se sabía que el Club León enfrentaría al LAFC de Carlos Vela en los octavos de final de la Concachampions, y desde entonces, tres meses atrás, ya sabías que la noche del martes 18 de febrero del 2020 estarías en las gradas del estadio Nou Camp, con la garganta seca por los gritos de aliento y los reclamos, y con el pecho hinchado de orgullo esmeralda.

Esa noche del nueve de diciembre el mundo cambió para ti. Tal vez hubiera sido un martes normal y aburrido. Tal vez hubieras conocido al amor de tu vida. Tal lo hubieras pasado en casa, en el gimnasio, solo o acompañado, con una cena memorable o una película perfectamente olvidable.

Pero desde hace tres meses la mano del “Chaco” Giménez dijo que no sería así, y te condenó a presenciar el primer partido en México de Carlos Vela a nivel de clubes, y a ser uno de los testigos presenciales del regreso triunfal del Club León al plano internacional.

En casa, con su gente, y con la obligación de cargar con los sueños y las esperanzas de todo su pueblo, el cuadro verdiblanco respondió. La noche de este martes será inolvidable, por el resultado contundente y trascendental que se dio en el campo, sí, pero también por el fuego y la pasión que se sintió en las tribunas.

Cada abucheo descontrolado, cada grito desaforado, cada insulto tirado al aire, cada ademán de picardía y cada reclamo al árbitro. Todo sumó para que el estadio León se volviera un infierno para la visita, que se encogió ante la enorme fanaticada esmeralda que los desquició con la presión más intensa de sus vidas.

Los futbolistas estadounidenses, prácticos y fríos como su país, parecieron asustarse ante el ambiente hostil con el que los recibió el Bajío. Comenzaron a errar pases y a perder balones, y el único trabajo que tenían que hacer para llevarse algo de esta dolorosa cancha, que era llevarle la pelota a Carlos Vela, no lo pudieron lograr.

Y en las contadas ocasiones en las que el mexicano sí tocó la pelota, la férrea defensa verdiblanca se encargó de asfixiarlo, de respirarle en la nuca, de suavizarlo con una patada ingenua y un rodillazo inocente. Seguramente Carlos soñará la marca insoportable de William Tesillo, Ramiro González y Pedro Aquino, y se preocupará porque todavía tendrá que soportarlos noventa minutos más en Los Angeles, a donde sus marcadores viajarán para continuar su persecución y su cacería exacerbada.

Fue una noche casi perfecta, donde León demostró ser una plaza de sangre y calor. La grada se unió con su equipo, y juntos derrotaron al rival más importante al que se han enfrentado en lo que va de la temporada.

Y podrá faltar la segunda parte para confirmar el triunfo verdiblanco, pero hoy ya quedó claro cual es el equipo más grande, y que ninguna gran figura, nacional o extranjera, superestrella o superdotada, y llámese como se llame, podrá venir a humillarnos nunca en nuestra propia casa.

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