Crónica: entre gritos y sombrerazos

29 Aug, 2019
leon santos penal
Hugo Huerta

Llegar tarde a un partido de futbol debería ser castigado con ver todo un mes de la serie de Luis Miguel, o aventarse las mañaneras de Andrés Manuel de principio a fin por el mismo periodo. Es tan grave como llegar tarde al bautizo de tu niño, o a la cena anual en casa de tus suegros…

6:20 de la tarde. Hace calor húmedo a las afueras del Nou Camp, preocupa que el sol nos vaya a pegar de frente en el estadio durante una hora, pero cargo un chaleco por si llueve y por si se pone fresco. En León nunca se sabe nada, menos el clima.

Llegué treinta minutos antes de lo pactado con mi amigo, por lo que una caminata alrededor del estadio gastaría algo de tiempo.

- ¡Semillas a dieeez!, pásele joven, tengo de las grandes y de las chicas, cuál va a llevar, también tengo dulces y cigarros.

- Vamos a hacer una sola fila para que puedan participar, ¡Una sola filaaaa!, por favor fórmense o no van a participar y no se van a llevar los premios que Telcel tiene para ustedes.

- Lleve laaa bandera, laaaa playera para los niños, le pintamos el escudo, ¡Ándele joven, son de buena calidad!

Todo es con gritos, con altavoces mecánicos y naturales. A las afueras de la Puerta 5, justo enfrente de las taquillas oficiales, se encuentran las no oficiales. Son los mismos revendedores de siempre, los que también se ocupan de los conciertos, el Club León ya debería de haberles puesto una oficina también, o mínimo una ventanilla que diga: ¡Aquí si hay!

- ¿Necesitas boleto, carnal?, de la puerta que quieras, nomás le estamos subiendo cien, carnal.

Son como diez los empleados de esa “empresa”, están bien organizados y en distintas áreas del estadio. Los que están afuera de las taquillas tienen un filtro alrededor del que ofrece los boletos, lo protegen aunque no se sabe de quién, porque la policía ni los molesta y la seguridad por parte del club no existe. Son los dueños del negocio.

Faltan unos minutos para que inicie el León contra Santos y la fila de acceso ya recorre varios metros bajo el sol, Google me avisa que faltan minutos para el arranque y me llena de estadísticas y alineaciones, ¿Qué no sabe que estoy en el estadio y su onda virtual no es necesaria?, estúpidos.

Llegó el turno de ingresar y tuve que hacerme a un lado, el de los pases no llegaba y tuve que salir de la fila: “tiene que esperar fuera de la línea joven, estorba el paso de los demás”, me dijo una muchacha toda ajetreada y sudorosa por los gritos, el sol y presiones de una turba de groseros habida de futbol.

Desde dentro, un grito de gol recorría la cancha, subió a las tribunas, se encaminó al pasillo lleno de escaleras y cerveza, y se siguió hasta las afueras del estadio; nadie quería detener la anotación del delantero santista Julio Furch.

Y uno afuera, en la zozobra, tan cerca y tan en la chingada por no saber qué estaba pasando, luego recordé a mi amigo Google y sus oportunas notificaciones…

Así me di cuenta que Pedro Aquino tuvo una desconcentración y cometió una mano grosera dentro del área, se nota que el peruano está fuera de ritmo. En el momento que cometa menos faltas y priorice la ubicación en su posición, le irá mejor a sus defensores.

Los minutos avanzan y las chicas que controlan el acceso se burlan de mí. Llegué temprano, me formé y les advertí que al llegar mi amigo entraríamos sin formarnos, nadie podría detenernos.

-Pues va a tener que formarse otra vez joven –se ríen entre ellas porque ya no queda nadie afuera para hacer fila.

Me desespero un poco. Nacho Ambríz también, cuando se da cuenta que sus tres centrales con dos carrileros no funcionan, que Luis Montes y Aquino siempre están corriendo atrás de los medios del Santos, y los despejes defensivos son tan a sin ningún lado, que ya les costó un gol.

Son las 7:54 y sigo afuera, adentro va el minuto cuarenta y siete y José Juan Macías aprovecha el horror de Orrantia. El grito esta vez no corre a la calle, se queda en la garganta de los locales, y todos, hasta los que estamos afuera, sabemos los que pasó. El policía sonríe, los paramédicos se felicitan y hasta los de control de acceso se relajan un poco.

Ya sentados –por fin- comienza el segundo tiempo con cambios en el parado, vuelve a la línea de cuatro y los frutos llegan pronto, tiene el control del balón y del terreno. El premio es un segundo gol de como cuando jugabas en la calle: se la pasabas al pistón Gutiérrez, te la devolvía, luego al pibe Rodríguez, el toque de primera de tu carnal el Cabezón Chaidéz con el que mejor te acompañabas en la delantera, remate de primera y gol. Fácil, ¿No?

Y entonces los locales empezaron a mostrar sus carencias. A Meneses se le adelantaron en todas las jugadas y se perdió en la inmensidad del campo; Yairo se desubica cuando tiene que recorrer hacia atrás con el balón en el aire y no sabe medir el tiempo; Tesillo no entiende si es él quien debe salir a cortar por arriba cuando juega de central o es trabajo del contención, y Montes insiste en poner a competir por lo alto a Navarro que regularmente pierde, y eso le cuesta el empate en un contragolpe.

Llegar tarde a un partido de futbol se siente como recibir un gol de último minuto, como ir a trabajar crudo, o como regalar puntos por segunda vez cuando vas arriba en el marcador. Y eso debería ser castigado por algún tipo de reglamento no escrito.

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