'Ratón' Ayala: Un titán en la sombra

07 Dec, 2019
raton ayala
Especial

Siempre supe que estaba ahí, y supuse que siempre estaría ahí. Ahí, en la cancha grande de Casa Club, donde los chicos del Club León se curten en el sol incandescente de las mañanas de los sábados, en busca de un sueño de gloria que muy probablemente nunca llegará.

Ahí se veía cada fin de semana, pegado a la línea de cal, con su bigote poblado, su pelo cano peinado hacia atrás, y con la media sonrisa de quien sabe que ha conquistado el mundo. Literalmente.

Se llama Rubén Ayala, y le apodan el “Ratón”. No solo es campeón de la Copa Intercontinental que enfrentó al Atlético de Madrid de Luis Aragones contra el Independiente de Avellaneda de Ricardo Bochini en 1974, sino que metió el gol decisivo que le dio el título internacional más importante de su historia a los colchoneros.

El “Ratón” aún recuerda esos días dorados, esos momentos en los que enamoró Madrid. Lo sé porque él mismo me lo contó. Me lo dijo en una llamada telefónica, porque pensé que siempre estaría ahí, en Casa Club, hasta que ya no estuvo.

A través de la bocina, me habla de esos años lejanos, cuando desde el campo de Manzanares y vestido de rojiblanco, tuvo a todo el planeta a sus pies.

“Nosotros estábamos casi a la par del Madrid y del Barcelona, porque los jugadores que estaban ahí, que era Miguel Reina (padre del actual arquero del Milán, Pepe Reina), Francisco Delgado Melo, José Luis Capón, “Cacho” Heredia, Luís Pereira, yo, todos éramos leales, y todos jugamos en alguna selección, unos la de España, otros la de Argentina, otros brasileños, y así se hizo un buen equipo”.

Ese Atlético histórico no hubiera sido nunca sin otro nombre particular: el de Luis Aragonés. El “Ratón” Ayala primero fue su compañero, compartió el vestidor con él, hasta el abrupto día en que se convirtió en su nuevo director técnico.

Fue el 27 de noviembre de 1974. De un momento a otro, Vicente Calderón decidió prescindir del entrenador argentino Juan Carlos Lorenzo, el mismo que los había llevado hasta la final de la Copa de Europa unos meses antes, y en la que perdieron contra el Bayern de Munich.

Para sustituirlo, Calderón pensó en un nombre peculiar, el de Luis Aragonés, que entonces tenía 36 años, y sumaba ya once temporadas en el club, pero que aún era un jugador habitual. Hundido en la duda, el presidente acudió a Rubén Ayala para pedirle su opinión.

“A mí Vicente Calderón y Víctor Martínez me llamaron y me preguntaron cuál era mi posición, que era lo que yo creía, y yo propuse a Luis Aragonés porque era un hombre que muchos años había estado en el Atlético de Madrid, que los jugadores lo respetaban, que él tarde o temprano iba a ser el director técnico. Entonces me preguntaron que que me parecía que el técnico fuera él, y yo les dije que me gustaba la idea, me gustaban sus principios, y que me gustaba como lo respetaban, como lo querían. Me dijero que de cualquier manera le iban a pedir que fuera el entrenador faltando cuatro o cinco meses. '¿Y por qué no ahora?', dije yo. Entonces sorpresivamente al otro día salió como técnico del Atlético de Madrid”.

El episodio no es para nada un invento suyo. En la revista Panenka ya había leído un artículo acerca del tema, de cómo Luis Aragonés pasó en 24 horas de jugador a técnico. De pronto, a sus amigos de toda la vida, les comenzó a hablar de usted, para marcar la línea del respeto y la autoridad.

Les debo confesar que hablar del “Sabio de Hortaleza” con Rubén Ayala es algo de otro mundo, algo que sacude el alma. Aragonés es una leyenda del futbol mundial. Entonces yo no lo sabía, pero su España campeona de Europa en 2008 me hizo enamorarme del futbol, y perdón por la herejía, pero aún me parece mejor que la Roja del “tiki-taka” del 2010.

Para el “Ratón” el sentimiento no debe de haber sido muy diferente al recordar al mister. Juntos levantaron la liga, la copa y la Intercontinental.

“Yo lo respetaba mucho, el “Cacho” Heredia, el “Panadero” Díaz, todos los jugadores argentinos lo respetábamos mucho porque era un jugador que se hacía respetar”, me dice.

Fue Aragonés el que le dio el gafete de capitán del Atlético de Madrid, y ya no se lo quitaría en los siguientes siete años. Gracias a el “Sabio” tenemos esta esta postal, donde Rubén Ayala, capitán del Atlético de Madrid, posa junto a Johan Cruyff, capitán del Barcelona. Chulada.

La plática continúa, y su voz aguardientosa se apodera del auricular. De pronto nos vamos unos años más atrás, a Boedo y a su San Lorenzo de Almagro. Ahí fue bicampeón en 1972, junto a su amigo Ramón “Cacho” Heredia. Sí, el mismo que lo acompañó a su periplo madrileño.

Antes, en 1968, debutó junto a los “Matadores”. No se preocupen, yo tampoco conocía su historia, pero basta una frase para dimensionar su leyenda: “El primer campeón invicto de la era profesional del futbol argentino”. En esa campaña histórica derrotaron en la semifinal al River Plate de Ermindo Onega y Roberto Matosas (el padre de Gustavo), el mismo River que un año antes había venido a León a inaugurar el Nou Camp. Y en la final derrotaron al Estudiantes de la Plata de Juan Ramón Verón. Sí, la “Bruja”, el padre de Juan Sebastián “Brujita” Verón.

Pues en ese Ciclón de Boedo, junto a un jovencísimo Rubén Ayala, jugaba un defensa central implacable, un tipo recio y, paradójicamente, goleador. Un tal Rafael Albrecht, que unos años después vendría al Bajío a imponer escuela en la defensa esmeralda, y a grabar su manejo de la pelota en la memoria de los afortunados que lo vieron jugar.

“En el 68 yo debuté con él. A los 18 años ya estaba yo jugando en primera división, debuté con él y con los Matadores. Jugué como quince minutos o veinte en algún partido, pero yo también salí campeón ahí (risas)”, recuerda Ayala.

Para Rubén, el “Tucumano” era un ejemplo a seguir, un monumento. De hecho, recuerda que fue él el que lo enseñó a negociar.

“El “Tucumano” era otra cosa. Yo tenía 17 años, y él tenía 27 o 26 años, algo así por el estilo. Yo le dije: 'Oiga Rafa, perdóneme, yo le quería preguntar cómo se hacían los contratos, cómo se podía pedir dinero, ¿por qué no me enseña, por qué no me dice como se hacen esas cosas?'. Entonces, en una cafetería que había ahí en San Lorenzo, nos sentamos y me dice: 'Mira, los contratos se hacen pidiendo más para que te den lo que tú quieras. Si tú pides 65 te van a dar 45 o 50, a lo mejor, o te dan todo o poquito menos, pero siempre hay que tratar de pedir dinero de más para que te den la cantidad que tú quieras'. Y así era su carácter, era una de las cosas que a mí me quedó, porque el “Tucumano” era Gardel (risas)”.

En el plano futbolístico, Albrecht era un monstruo, un bastión magnífico e imponente. Tanto que el “Ratón” no puede ocultar la emoción que le produce hablar de él.

“Él jugó de seis, de cinco, de central. Cuando lo suspenden dos años y él vuelve con Ferro Carril Oeste, Rafael jugó de diez, ¡no sabía pegarle a la pelota! (risas) Y de diez hizo dos goles, y yo lo vi, se me quedó grabado a mí en la cabeza”.

Tras idolizarse en San Lorenzo y en Madrid, el “Ratón” Ayala decidió cambiar de rumbo y venir a México. ¿Por qué? Es simple, porque era bohemio. O al menos esa es la impresión que me queda al leer la respuesta que se reproduce en la revista Proceso, en la víspera de la final de ascenso de 1996, cuando devolvió al Pachuca a la primera división mexicana, y cuando reveló que desechó ofertas de Alemania, Francia e Inglaterra, todo para venir a salvar del descenso a los Gallos del Jalisco.

“Siempre deseé venir a México. Primero por Miguel Marín, que un día fue a España y me habló maravillas del país, y también por Alberto Cortez, el cantante, con quien me reunía en Madrid en una peña; él me dijo que Guadalajara era una ciudad preciosa y eso me animó, además desde chico quería conocer Acapulco, al que sólo había visto en las películas de Tarzán. Yo sabía que el Jalisco era un club chico y, como me gustan las experiencias nuevas, me llamó la atención la idea de jugar en un equipo en el que no se buscaba el campeonato sino salvarse del descenso. Llegué en la fecha 19, creo, jugué 19 partidos e hice como 20 goles. Luego tuve muchísimas ofertas; menos Guadalajara y Zacatepec, todos los equipos quisieron comprarme. Estaba prácticamente arreglado con el América, pero surgieron algunos inconvenientes y opté por ir al Atlante, en donde jugaba Cabinho; ahí ganamos el torneo de la Concacaf y fuimos subcampeones de liga. Me retiré en 1986 y decidí quedarme a radicar aquí, encantado por el trato que me dieron”.

Entrenó varios equipos en México, y siempre cumplió sus objetivos, ya fueran salvarse del descenso o volver a primera. Al final se estableció como formador de los equipos juveniles de Grupo Pachuca, la mejor cantera del país, y no se olvida de presumir que dirigió a Héctor Herrera. “El del Atlético de Madrid”, precisa. Su Atlético de Madrid.

Los últimos seis años los pasó en León, como técnico de la Sub-20. El “Ratón” Ayala es un animal competitivo, y llevó a la categoría a cuatro finales. Pero el destino caprichoso le hizo perder todas. Aquí estuvo sin resaltar, escondido. Un titán en la sombra esmeralda, sabio y entero, refugiado en el camino a Santa Ana del Conde, un escenario indigno para quien hizo del estadio Manzanares una catedral.

Aquí no lo supimos apreciar. Lo tuvimos cerca, y lo dejamos ir. Yo lo dejé ir. Hace un par de años compré una réplica de una playera del Atlético de Madrid con el único objetivo de obtener la rúbrica de Rubén Ayala. Estaba ahí, como cada sábado, y cada sábado que pasaba me decía que ya tendría mi oportunidad.

Hasta este sábado, cuando se despidió de los banquillos y se fue a vivir a la Ciudad de México, y me dejó con una réplica del Atléti vacía, y con la frustración de postergarlo todo y procrastinar hasta más no poder.

Así que ahora me diré a mí mismo que esta charla será más valiosa. Que escucharlo rememorar Madrid, Buenos Aires y León vale más la pena que cualquier mancha de tinta en un pedazo de tela.

Tal vez sea verdad, o tal vez no. De lo que estoy seguro es que Rubén Ayala me regaló un recuerdo imborrable, uno de esos que en Europa no se consiguen...

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