Antes de partir

29 Sep, 2020
aficionados club leon
Club León

El tiempo en el futbol es relativo. Un par de segundos pueden cambiar el rumbo de un encuentro, pero se necesitan muchos años para montar un proyecto estable y ganador. Un día puedes alentar a tu equipo en una final de liga, y cinco años después puedes iniciar una travesía de diez años en el descenso.

No hay nada seguro, cada instante es único y preciado, y es por eso que pedimos siempre excelencia. Por eso valoramos más el esfuerzo constante y seguro que los chispazos intermitentes de calidad. Pedimos goles, triunfos y títulos, porque no sabemos que es lo que pueda pasar mañana, cuando todos partan.

Porque esa es la otra consecuencia del relativo tiempo del futbol: todo termina. Los jugadores que hoy son ídolos mañana serán repudiados. Los récords que batimos y que parecen inquebrantables serán invariablemente superados. Los técnicos que creímos que estarían para siempre nos traicionarán y se irán con el más odiado rival. Todo cambia y todo se termina, es por eso que queremos resultados, y los queremos ahora.

Hoy, en León todos tenemos unas ansias incontrolables por celebrar el octavo campeonato de nuestra historia (sí, nuestra). Los fanáticos lo dicen cada día, los jugadores y el cuerpo técnico se han cansado de escucharlo, y la directiva lo sabe mejor que nadie. Ya se ha repetido mil veces que ya no nos importan los récords, las formas ni los esfuerzos. Queremos una copa, y no nos conformaremos con nada menos.

Creo que este voraz deseo por el campeonato proviene también del tiempo. Con cada segundo que pasa, sabemos que este equipo va a terminar. No será hoy ni será mañana, pero acabará. Ignacio Ambriz se despedirá, Ignacio González se retirará, Ángel Mena regresará a su país, y hasta Luis Montes, el eterno Luis Montes, deberá colgar las botas.

Elegimos no pensar en eso, pero está ahí, ese miedo a que esta era de éxitos y dicha termine de pronto, y que no hayamos sido capaces de celebrar la octava estrella.

Hasta la semana pasada, pensé que esas ansias por el título estaban infundadas. Que eran una simple frivolidad, y que más que preocuparnos por el campeonato, deberíamos disfrutar del camino, del buen futbol y de los récords. “Si se van todos llegarán otros nuevos”, decía. “Total, hay más tiempo que vida”. Y puede ser así, hasta que ya no lo es.

La semana pasada perdí a un amigo que dejó este mundo, y terminó de pronto con una era de éxitos y dicha. Lo recuerdo alegre, feliz, intenso, pasional, y fanático esmeralda como pocos. Era joven, listo y sagaz, y tenía toda la vida por delante, hasta que ya no la tuvo.

Entonces comprendí que el miedo y el ansia no viene de perder al equipo, a los jugadores, al técnico, a la directiva o al estadio, sino que más bien el miedo es a perder a los amigos y familiares con los que celebraríamos ese momento de felicidad absoluta, pero que ya no estarán aquí cuando ocurra. Pienso en todos los hinchas esmeraldas que se quedaron en el camino esperando la octava, o la séptima, o la sexta, o los que se fueron sin vivir el ascenso, en medio de diez años de sufrimiento. Puede parecer lo menos importante, y tal vez lo sea, pero no deja de partirme el corazón.

Ojalá que la octava no tarde. Que esa fiesta y ese carnaval lo vivamos todos. Que antes de partir, todos los hinchas verdiblancos podamos celebrar por todo lo alto, como si nuestros amigos, o tíos, o padres o hermanos, o abuelos estuvieran aquí. Ojalá que ellos, donde quiera que estén, sientan nuestra dicha, y que disfruten junto a nosotros el júbilo de ver a nuestro equipo campeón.

Y ojalá que esa octava les aligere la espera, porque el tiempo será tan relativo como quiera serlo, pero algún día volveremos a encontrarnos, y festejaremos juntos los campeonatos por venir.

*Texto dedicado con respeto y empatía a la familia y amigos de Aarón García, que se ha ido, pero que se quedará siempre en nuestros corazones.

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